Mientras tanto, en las habitaciones privadas, Ángelo luchaba contra su peor enemigo: un traje ceremonial de seda pesada, bordado con hilos de plata, que le quedaba como una segunda piel.
—Siento que esto no va conmigo, rebelde —refunfuñó Ángelo frente al espejo, ajustándose las mangas con fastidio—. Me siento un payaso disfrazado. ¿Y si mejor uso otra mierda? ¿Un traje normal, algo que no me haga parecer parte de una obra de teatro?
Cassandra, sentada en un sillón cercano, estaba en pleno ataqu