El ambiente en el ala privada de la mansión Lin estaba cargado del aroma a incienso de sándalo y el brillo de las sedas que se acumulaban sobre los divanes. Clara, de pie frente a un espejo de cuerpo entero, sentía que las manos le sudaban. El peso de la tradición china sobre sus hombros empezaba a sentirse más real que nunca.
—Eli, no puedo... de verdad, estoy muy nerviosa —soltó Clara de pronto, girándose hacia Elizabeth con los ojos muy abiertos—. Siento que el corazón se me va a salir. ¿Y s