La opulenta mesa de caoba de los Ling estaba dispuesta para un banquete digno de reyes. El aroma a cordero asado al romero, trufas frescas y el sutil toque ahumado del whisky de importación flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo constante y familiar de las conversaciones. A la cabecera, luciendo la impecable camisa verde oliva que Cassandra le había impuesto, Ángelo presidía la mesa con una mezcla de incomodidad y orgullo que no lograba disimular del todo.
El ambiente, aunque rodeado d