Mansión Di Santi – Hamptons, despacho de Ángelo
Los tres socios salieron del despacho escoltados por Marco. El silencio que quedó fue pesado, casi asfixiante. Ángelo se quedó sentado en su silla de ruedas, la máscara blanca impasible, pero sus dedos tamborileaban con furia contenida sobre el reposabrazos de cuero negro.
Marco cerró la puerta y se volvió hacia él.
—¿Órdenes, jefe?
Ángelo levantó la vista lentamente. Su voz salió baja, pero cargada de veneno y determinación.
—Necesito que agilice