La camioneta de Jessica se detuvo frente a la mansión con un chirrido de neumáticos. Clara y Elizabeth bajaron entre risas flojas, envueltas en toallas y todavía goteando agua de mar sobre el mármol de la entrada. Gerardo las ayudaba a caminar, igual de alegre, hasta que Jessica lo despachó con un taxi y una advertencia de que no apareciera por ahí en al menos 48 horas si apreciaba su vida.
Una vez arriba, en la suite, la adrenalina empezó a bajar y el efecto del alcohol se volvió pesado. Eliza