El ambiente en la mansión pasó de la adrenalina de la fiesta a una pesadez asfixiante. El olor a tela quemada todavía flotaba en la suite, mezclándose con el sonido de los sollozos ahogados de Clara, que seguía de rodillas en el suelo, mirando las cenizas de lo que ella creía que era su "libertad".
Wei no se fue de la casa, pero se encerró en su despacho, una zona prohibida para todos cuando estaba de ese humor. No hubo gritos, no hubo más cristales rotos. El silencio era el verdadero castigo.