La luz del sol de Miami se filtraba por las cortinas de seda, iluminando la habitación principal de la mansión Di Santi. El aire aún olía a la batalla de piel y sudor de la noche anterior. Ángelo abrió los ojos, sintiendo el peso delicioso de Cassandra dormida sobre su pecho. Ella, ya despierta pero perezosa, se estiró como una gata, dejando ver los restos de la lencería roja en el suelo.
—Buenos días, mi demonio —susurró ella, dándole un beso cargado de promesas.
—Buenos días, rebelde. Prepára