El estacionamiento del hospital estaba sumido en una penumbra fría, interrumpida solo por el parpadeo de unas luces de neón que acentuaban el dramatismo de la escena. Elizabeth caminaba rápido, con sus tacones resonando contra el pavimento como disparos en la noche, tratando de huir del olor a hospital y de la culpa que la asfixiaba.
Zhang, que había estado esperándola en las sombras, se enderezó y comenzó a seguirla. Sus pasos eran pesados, cargados de una ansiedad que nunca antes había sentid