Las risas por la apuesta ganada de Wei aún resonaban en las paredes de la habitación hospitalaria cuando las puertas dobles se abrieron de par en par. Ángelo entró primero, con su imponente presencia, la chaqueta de cuero negra entreabierta y esa mirada severa que infundía respeto en cualquier lugar. Justo a su lado, sosteniéndolo de la mano con fuerza, venía Cassandra, con las mejillas encendidas por la prisa del trayecto desde su propiedad cercana y los ojos fijos en la cama.
Al ver a Mein Li