Ángelo apretó con firmeza los hombros de Cassandra, mirándola fijamente a los ojos con una mezcla de dolor y profunda ternura. Sus manos, que usualmente infundían temor en el mundo exterior, ahora temblaban levemente por la carga de la verdad que sostenían.
—Cassandra, mi amor... mírame —le pidió Ángelo, bajando la voz a un registro sumamente suave—. Tu abuela Marta... ella se fue anoche, mi vida. Se quedó dormida en una paz absoluta y ya no despertó. Su corazón simplemente dejó de latir.
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