El miedo asfixiante aún se sentía en la garganta de Alrana, incluso después de que los guardias de Lucyano lograran repeler al intruso que la había arrastrado al pasillo oscuro la noche anterior. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué odiaba tanto a Lucyano? Esas preguntas daban vueltas en su mente, añadiendo otra capa de caos al alma ya cansada de Alrana. Sin embargo, no había tiempo para reflexionar. Esa mañana, Lucyano ya había enviado nuevas órdenes.
Alrana fue llevada a un estudio de cine separado en el piso inferior de la Torre Reyes. El aire aquí se sentía diferente al del estudio de grabación; más cables colgando, luces potentes y un penetrante olor a plástico y pintura fresca. Cuando Alrana entró, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
Ante ella, se había construido un "pueblo". Era una réplica de las pequeñas casas de Oaxaca, con sus desgastados tejados de tejas rojas, paredes de estuco de color tierra e incluso algunas macetas de barro vacías. Había "niños del pueblo"