Las dos de la tarde. El sol de la Ciudad de México era abrasador, pero dentro del Penthouse 51, las gruesas cortinas opacas hacían que la habitación estuviera tan oscura como una cueva.
Alrana estaba sentada en la mesa de mármol del comedor, pinchando el filete servido para el almuerzo con un tenedor de plata. No tiene hambre. Su estómago se revolvió al pensar en la pequeña lente de su baño que aún podría estar grabando.
La puerta de la cocina de servicio se abrió. Una sirvienta de mediana ed