En medio de su huida convulsa, Valentina tropezó con una raíz y cayó de bruces a la tierra.
Las pequeñas piedras se hundían dolorosamente en la piel de sus rodillas magulladas, su respiración agitada y ruidosa, sus pulmones casi gritaban de agonía por el esfuerzo.
La sangre se escapaba de sus heridas, sobre todo de la herida de bala en el costado del abdomen.
Las posibilidades de escapar cada vez eran menos.
Con manos temblorosas, intentó levantarse, el mareo en su cabeza la hacía ver estrellas