Escuchando su palabrería lasciva, Valentina fue a la cocina y comenzó a preparar su desayuno mortal, como la última cena.
Miró hacia la puerta y aguzó el oído, él seguía en la cama y había prendido la tele.
Abrió la despensa más elevada y apartó los frascos de legumbres, sal y azúcar.
Siempre vigilando su espalda, ese viejo era muy inteligente.
Al final, sustrajo un sobrecito blanco, hecho de un retazo de hoja de papel, escondido en una esquina de la madera del mueble.
Aquí estaba el veneno qu