Al cerrar la pesada puerta de metal de la enfermería a mis espaldas, los aplausos del exterior aún me zumbaban en los oídos. El afecto del pueblo era hermoso, pero no tan real como las muestras que tenía sobre mi mesa. Zaria ya se había marchado; en la enfermería solo quedábamos yo, un par de heridos que gemían por lo bajo y la luz temblorosa de la lámpara de gas.
Retiré el vendaje de Leo, el chico al que había operado ayer. La herida se estaba cerrando, pero había algo extraño. El tejido de un