—Pasa, Isabella. No hace falta que te quedes en el umbral.
La voz de Silas era, como de costumbre, suave e invitadora. Estábamos en su despacho; yo, en un rincón, organizando los informes de la enfermería, mientras Damien observaba el exterior junto al ventanal. Tendrías que haber visto la cara de Isabella al entrar; parecía que acababa de tragarse un sapo vivo.
—Me habéis llamado, tío —dijo ella, con la voz trémula. Evitó mi mirada y clavó sus ojos en Silas.
—Así es, cielo —respondió él, levan