Aún tenía el regusto a ajo de la pasta en el paladar cuando la pesada puerta de roble de la cocina se abrió con tal estruendo que la copa tembló en mis manos. Era Marcus. Entró jadeando, con el rostro más blanco que la cal.
—Alfa —dijo Marcus con la voz trémula—. Lo han encontrado. Han atrapado a la rata que vendió las coordenadas de la frontera.
Damien ya no era el hombre que, apenas un instante atrás, me confesaba sus miedos de la infancia. En una fracción de segundo, su mirada se volvió de h