Las gotas de lluvia que golpeaban los cristales blindados recién instalados de la mansión tocaban una melodía monótona y rítmica en la profunda oscuridad de la noche. Solo habían pasado dos días desde que terminamos con el último y terrible juego de clones de Valerius en las cuevas subterráneas. El cansancio en mi cuerpo era como un plomo pesado que se me había filtrado hasta los huesos. Aun así, me había quedado profundamente dormida, creyendo que todo había terminado y que por fin estábamos a