El resplandor rojizo de aquel inmenso incendio en la bahía del este todavía se divisaba como una mancha difusa en el horizonte del cielo del Norte cuando regresamos a la mansión. Al bajar del auto, la tormenta ya había dado paso a una luz grisácea y fatigada que se filtraba con el amanecer. Julien dormía plácidamente apoyando la cabeza contra el enorme pecho de Damien, chupándose el pulgar; como si unas horas antes no hubiera sido él el niño atrapado en medio de un almacén lleno de asesinos, co