El último redoble de tambor del festival resonó en el jardín de la mansión y se apagó, dejando en el aire solo el olor a ceniza y la pesadez de la tormenta inminente, cargada de ozono. Mientras los invitados, embajadores y miembros de otras manadas subían a sus vehículos antes del amanecer para regresar a sus tierras, la pesada puerta de titanio de la mansión se cerró tras nosotros. Ya no éramos una Luna y un Alfa; nos habíamos convertido en dos estrategas implacables.
—**Marcus**, pon todos lo