Cuando el coche se detuvo, el rugido del motor se desvaneció lentamente hasta perderse en el silencio de la noche. Despegué la cabeza del cristal con dificultad. No quedaba ni rastro de las asfixiantes luces de la ciudad. Estábamos rodeados por inmensos pinos y, frente a nosotros, se alzaba una oscura cabaña de madera y piedra. No habíamos ido a la mansión.
—¿Dónde estamos? —susurré. Tenía la voz tan ronca de tanto llorar que apenas me salía.
—Baja del coche —dijo Damien, con esa voz profunda y