El grito que desgarró mi garganta fue tan fuerte que casi me ensordece a mí misma.
—¡Julian!
Cuando abrí los ojos a la oscuridad, estaba jadeando. Pateaba el grueso edredón que me cubría e intentaba apartar garras invisibles con las manos. La puerta de la habitación se abrió de golpe, como si hubiera estallado una bomba.
—¡Elara!
Damien apareció junto a la cabecera de la cama en cuestión de segundos. Llevaba puesto únicamente un pantalón de chándal negro; su amplio pecho subía y bajaba a un rit