El zumbido monótono de la centrifugadora resonaba en los pasillos vacíos de la clínica. Pasaba ya de la medianoche. Dejé el estetoscopio que llevaba al cuello sobre la mesa y me aparté del microscopio. Me ardían los ojos, pero al fin había descifrado la repugnante estructura en las muestras de sangre que le había extraído a Toby.
—No es acónito puro —murmuré para mí misma, garabateando rápidamente la fórmula en la libreta—. Es un potente neuroinhibidor combinado con nitrato de plata sintético.