Los mapas yacían desplegados sobre la pesada mesa de roble del estudio, pero mi mirada no estaba en ellos, sino en Damien. Llevaba dos días con un aspecto extraño. Los dedos con los que sostenía el bolígrafo le temblaban ligeramente y una fina capa de sudor frío perlaba su frente.
—Estás muy pálido —dije, dejando a un lado la carpeta que tenía en las manos para acercarme a él. Extendí el brazo y apoyé el dorso de mi mano contra su cuello—. Estás ardiendo, Damien. ¿Te encuentras mal?
—Los lobos