Los pasos de solo cuatro personas resonaban en las escaleras de piedra que descendían hacia la antigua ala de celdas subterráneas de la mansión. Aunque el olor a humedad y encierro me revolvía el estómago, aferraba con fuerza los dos pequeños tubos llenos de sangre que llevaba en las manos.
—Bájenlo despacio —ordenó Damien. Su voz, profunda y resonante, era casi un susurro, pero aun así hizo vibrar las paredes—. El chico apenas puede mantenerse en pie.
Marcus y Jax, uno de sus betas de mayor co