Nos arrastraron hasta lo más profundo del bosque, donde un fuerte oscuro y ominoso se alzaba entre las sombras. Las puertas chirriaron al abrirse, y fuimos empujados al interior como si fuéramos ganado. Sin tregua, nos lanzaron a un calabozo húmedo y helado. Renee, a mi lado, temblaba incontrolablemente. Me acerqué y la envolví con mis brazos, tratando de transmitirle un calor que apenas sentía yo mismo.
—No te preocupes. Te prometo que saldremos de esta —le susurré con determinación.
Ella leva