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Kieran me obligó a correr, aunque mis pies ya no podían más. No nos detuvimos hasta que estuvimos lo más lejos posible. Al detenernos, volteé a mirarlo y, sin pensarlo, lo golpeé con todas mis fuerzas.

—¡No debimos dejarlo! Eres un hijo de puta —le grite, mi voz desgarrada.

Kieran me agarró por los hombros y me estrujó con rabia, sus ojos ardiendo con frustración.

—¿Querías morir? Si volvíamos por él, los tres moriríamos —me espetó.

Asentí con la cabeza, pero las lágrimas no podían dejar de sal
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