Desperté con un dolor punzante que me atravesaba el cuerpo. Mi cabeza latía con fuerza, mis costillas parecían hechas añicos y apenas podía moverme. Abrí los ojos lentamente, recibiendo el frío resplandor de las luces del hospital. El pitido constante de las máquinas a mi alrededor me hizo querer escapar, pero ni siquiera tenía fuerzas para levantarme.
Intenté recordar qué había pasado. Los recuerdos llegaron en ráfagas confusas: Viggo, su rostro, su partida… Me dolía tanto pensar en él que, po