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El anciano nos trajo comida, y yo de inmediato empecé a devorarla. Viggo me miraba mal, y el anciano con algo de asombro, pero no me importaba, literalmente en estos momentos yo era una muerta de hambre.

—Está delicioso. ¿Qué es? —pregunté mientras engullía la tierna carne.

—Es conejo —dijo el anciano.

Miré al plato y luego a Viggo.

—Pobrecito, pero está muy rico —le dije. Me sentía mal por comerlo, pero tenía demasiada hambre.

Viggo y el anciano me miraron como juzgándome, pero no me afectaba.
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