Una enorme cantidad de soldados llegaron, y para mi sorpresa también había hombres de mi padre. Traté de hablar con ellos, pero se lanzaron sobre mí y me golpearon hasta cansarse, para después encadenarme como si fuese un perro. La enorme cadena que rodeaba mi cuello era tan pesada que dolía.
—¿A dónde se la llevaron? —pregunté, ya que había visto cómo se llevaban el cuerpo inconsciente de Renée. Quise pelear, pero hacerlo sería estúpido, ya que tenía que limpiar mi nombre.
—Al lugar donde debe