Al llegar al pueblo, él me pidió que me escondiera, y eso hice. Después de un par de minutos, regresó con un pedazo de tela y la puso sobre mi cabeza.
—Es mejor que no nos arriesguemos —me dijo.
Asentí con la cabeza. Él agarró mi mano y empezó a caminar conmigo.
—¿A dónde vamos? —le pregunté.
—Conozco a alguien aquí, y sé que nos ayudará a llegar a mi padre más rápido —me dijo.
Yo no estaba muy de acuerdo con tal cosa, sabiendo ya que lo consideraban un traidor. Era muy estúpido hacer lo que él