Viggo abrió los ojos lentamente, pero su mirada estaba vacía, perdida, como si su mente no estuviera presente. Mi corazón se hundió en el pecho. ¿Qué más podía pasarme en este lugar maldito? Mi suerte, que ya era pésima, parecía empeorar con cada segundo que pasaba.
—¿Te sientes bien? —le pregunté, intentando mantener la calma, aunque por dentro me estaba desmoronando.
Viggo frunció el ceño, sus ojos mostraban dolor, y sin previo aviso, vomitó sangre. Un frío aterrador recorrió mi espalda.
—¿Dón