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Viggo se acercó a mí, su presencia imponente haciéndome sentir pequeña, vulnerable. Agarró mis manos atadas y me atrajo hacia su cuerpo. La sensación de su piel contra la mía me revolvió el estómago, y no dudé en intentar alejarme. Si él creía que no iba a luchar, estaba muy equivocado.

—¡Suéltame, asesino! —le grité con todo el odio que sentía acumulado.

Viggo me miró por un instante, confundido, pero luego sus labios se curvaron en una sonrisa. Una sonrisa que, si alguna vez había deseado ver,
Aragones

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