La noche llegó y, como una desgracia, la lluvia caía sobre mí como una maldición más, empapándome hasta los huesos mientras el frío se colaba por cada rincón de mi cuerpo. Sentía un dolor punzante en mi tobillo y estaba completamente agotada, pero Viggo, a mi lado, desnudo y aparentemente imperturbable, parecía inmune a todo lo que me estaba consumiendo.
Empuñé la mano y le di un puñetazo en el brazo. Él volteó a verme, mirándome mal.
—Vuelve a pegarme y te corto la mano —me amenazó.
Puse los o