David
El dolor de cabeza me está matando. No he podido cerrar los ojos en toda la noche. ¿Cómo puedo dormir cuando no dejo de imaginar a Ámbar entre los brazos de ese imbécil? Sé que no toda la culpa fue suya, por supuesto que no. Él debió engatusarla.
Al amanecer, me levanto de la silla. El despacho ya no es lo que era cuando llegué, hace dos días. Ahora está destrozado, y las botellas de alcohol están desperdigadas por toda la casa. Ahora que estoy sobrio, el dolor y el vacío que Ámbar me de