Ámbar
El departamento de Joshua me deja con la boca abierta por su lujo. Las cortinas del ventanal que da a la terraza se corren solas cuando él da la orden a su asistente virtual, quien parece encargarse de muchas otras tareas en casa.
—Programaremos tu voz para que puedas darle órdenes, ¿sí?
—¿No tendrás problemas con los dueños? —preguntó con nerviosismo.
—No, en realidad lo pedí para dos personas, así que está bien. —Se encoge de hombros.
—¿Qué?
—Desde que comenzamos a escribirnos, pensé que