El sol ya no solo entraba por la ventana; ahora rebotaba en el suelo de la habitación del hotel con la fuerza de un reflector de estadio. El reloj digital sobre la mesa de noche marcaba las 12:15 p.m., y el zumbido del aire acondicionado era el único sonido que competía con el martilleo rítmico en las sienes de Gabriel.
Él intentó, por quinta vez en la última hora, deslizar su brazo por debajo del cuerpo de Isabella para alcanzar su pantalón, que yacía en una esquina de la alfombra como un náuf