El trayecto del hotel al restaurante fue una procesión de quejas, bostezos y un humor ácido que solo Isabella sabía desplegar con tanta elegancia. Eran las dos y cuarto de la tarde, y el sol de Thalassa castigaba el parabrisas de la camioneta con una saña casi personal.
—Eres un desalmado, Gabriel —refunfuñó Isabella, hundida en el asiento del copiloto con unas gafas de sol enormes que apenas ocultaban su rastro de cansancio—. Sacar a una mujer de la cama a esta hora es un pecado capital. Deber