El sol de Thalassa entró por la ventana del hotel con una crueldad innecesaria, rebotando en las paredes blancas y convirtiendo cada mota de polvo en un proyectil directo a las pupilas. Gabriel sintió que un batallón de bomberos estaba practicando rescate con hachas dentro de su cráneo. Gruñó, tratando de enterrar la cara en la almohada, pero un sonido agudo lo obligó a abrir un ojo.
—¡Agh! ¡No! ¡¿Quién...?! —el grito de Isabella fue corto, cargado de un pánico inicial que se cortó en seco en c