El amanecer en Thalassa no trajo la calma esperada. El aire en el hangar de la Estación 314 estaba viciado, cargado con el olor a café quemado y la hostilidad residual de la pelea de la noche anterior. Eran las siete de la mañana, la hora del cambio de turno, el momento en que la guardia de Gabriel entregaba el mando a la guardia entrante.
Gabriel estaba de pie junto a la pizarra de servicios, con las ojeras marcadas y el uniforme impecable, aunque su mirada delataba que no había dormido ni un