La suspensión de tres días había convertido la casa de los Calvelli en un campo de minas emocional. Isabella se sentía como una leona enjaulada, y Gabriel, que tampoco tenía turno, no dejaba de dar vueltas por el salón como si estuviera buscando un incendio que apagar en las cortinas.
Lucas, el único que mantenía la cordura, había decidido refugiarse en una ducha eterna para no escuchar los suspiros de uno y los portazos de la otra.
Isabella salió de su habitación con el cabello húmedo y los pi