El comedor de la estación 314 nunca se había sentido tan frío. El vapor del estofado de Martha subía en espirales, pero nadie parecía tener el apetito de siempre. Gabriel presidía la mesa con la mandíbula apretada, su cuchara golpeando el plato de porcelana con un ritmo metálico y constante que ponía de los nervios a cualquiera.
—¿Alguien ha visto si Bella terminó con los estantes del taller? —preguntó Moisés en un susurro, rompiendo el hielo—. Lleva horas ahí abajo y no ha subido ni por un vas