La noche en la casa de lucas y Gabriel fue un desierto de palabras. Lucas caminaba de un lado a otro en la sala, mirando el reloj de pared como si pudiera obligar a las manecillas a retroceder. Eran las diez de la noche, la hora del toque de queda que el mismo Gabriel había impuesto.
—Esto es ridículo, Gabriel —soltó Lucas, deteniéndose frente a su amigo, que estaba sentado en el sillón fingiendo leer un manual de tácticas—. Son las diez. ¿Vas a dejarla allá de verdad?
Gabriel no levantó la vis