El motor del camión 314 se apagó con un rugido metálico al llegar a la estación. La lluvia había cesado, dejando un ambiente pesado y húmedo. Gabriel bajó de la cabina de un salto, sin esperar a nadie, y rodeó el vehículo para abrir la puerta del copiloto con una violencia que hizo que el metal chirriara.
—¡Baja! —ordenó Gabriel. Su voz no era un grito, era algo peor: un susurro cargado de una furia gélida.
Isabella bajó, con las piernas temblando y el uniforme lleno de barro seco. Alrededor, l