—No —me interrumpió, con una calma que me aterraba más que sus gritos—. No me mientas más. No hoy. Hoy no tengo fuerzas para discutir. Hoy solo quiero saber la verdad.
El ambiente en la habitación cambió. Ya no éramos el "bombero" y la "amante"; éramos dos seres humanos al borde de un abismo, mirándose a los ojos por última vez.
—¿La verdad? —pregunté, con la voz quebrada.
—Sí —dijo ella. Me miró fijamente. Sus ojos ámbar, transparentes y profundos, buscaban las grietas en mi armadura—. He esta