Esa misma noche, Natael llegó a la casa de Moida y tocó la puerta. Bonifacio, extrañado por la inesperada visita a altas horas de la noche, abrió la puerta acompañado de su esposa. Para su sorpresa, allí estaba Natael, escoltado por cinco guardias reales. Una corriente fría recorrió su cuerpo y la preocupación inundo su mente, sabía que no eran buenas noticias por las que estaba él allí.
—Beta Natael, ¿qué lo trae a esta hora a humilde hogar? ¿Ha pasado algo? —preguntó Bonifacio, notando la ser