Liam sintió el frío filo de la espada presionando contra su cuello. Apretó los dientes con rabia y dejó caer a Sander, como si fuera un muñeco inerte. Su corazón estaba destrozado. Siempre había visto a Sander como su amigo inmaduro, alguien que se metía en problemas, pero jamás imaginó que pudiera ser tan egoísta como para dañar a su propia gente.
—¡Amigo, no sé de qué habla esta mujer! —gritó Sander, desesperado y arrodillado frente a todos—. ¡Es mentira lo que se me acusa! Yo vivo lejos de l