Marie se encontraba en su habitación, mirando por la ventana cuando una de las empleadas le notificó que sus padres la esperaban en la sala. El mensaje la atravesó como una punzada de dolor en el corazón y sus labios se torcieron en una mueca de disgusto.
Mientras descendía de las escaleras, su corazón latía a un ritmo acelerado, pero su rostro permanecía inmutable. Al llegar al salón, una voz familiar, afilada como un cuchillo, llamó su atención.
—¡Miren nada más a quién tenemos aquí! —La voz