La oscuridad de la noche envolvía las calles de la ciudad, apenas interrumpida por los destellos de las explosiones y el fulgor de las llamas que devoraban los escondites subterráneos de Aziz Olayan. Las camionetas blindadas avanzaban a toda velocidad por las desiertas calles, cada sacudida era un recordatorio de la urgencia que los impulsaba.
Dentro de una de las camionetas, Aziz Olayan, estaba rodeado por su séquito de hombres armados, mantenía la mirada fija en el horizonte, donde las llamas