Zahar…
No hubo ruido después del portazo ni respiración contenida, solo un silencio espeso y voraz, un silencio que se metía por las grietas de la habitación y por las de mi pecho.
Me quedé de pie como una estatua frente a la cama, con los puños tan apretados que sentía las uñas clavándose en mi carne. No podía moverme, no todavía; si lo hacía, el temblor saldría por mis piernas y la arrastraría al suelo.
Kereem se había ido y yo lo había echado.
No podía llorar en ese primer instante. Estaba t